ECONOMÍA


Mercado de trabajo argentino reciente: un par de comentarios para una comprensión del cambio





Hernán P. Herrera



Los nuevos datos presentados por SIPA-AFIP, y revisados por el OEDE del MTEySS, dan cuenta de una realidad que merece un par de reflexiones que nos acercan al fenómeno del mercado de trabajo en la Argentina actual.


Gráfico 1: diferencia entre variación de las remuneraciones de los salarios registrados y los precios





Fuente: elaboración propia en base a SIPA-AFIP e índice de precios de Estudio Bein.


Como se puede observar en el gráfico 1, la diferencia entre las variaciones interanuales de los salarios registrados promedio y los precios (según el índice de Bein) fue positiva durante los primeros dos años del último gobierno de Cristina Kirchner, negativa durante tres trimestres de 2014 y positiva hasta marzo de 2016.


Este estudio permite ver las mejoras salariales durante ciertos períodos de tiempo para el promedio de los salarios registrados. Como puede verse en el gráfico 1, las devaluaciones que generan un shock en la economía son casi imposibles de ser asimiladas por los ingresos de los trabajadores que sufren una pérdida real de ingresos. Esto se comprueba en 2014 y en 2016.


Gráfico 2: carrera de poder adquisitivo





Fuente: elaboración propia en base a SIPA-AFIP e índice de precios de Estudio Bein.


El gráfico 2, demuestra que en la carrera entre salarios e inflación que existe en la economía y en el mercado de trabajo de la Argentina, el salario le gana a los precios. Sin embargo, en el último trimestre de la serie, el primero de 2016, se nota un cambio de tendencia en el nivel de salarios registrados, que es coherente con la pérdida que se verifica en el gráfico 1. Si bien la base 100 en 1999 se presta a una mirada nominal exacerbada para los últimos años, ese problema ocurre en ambas líneas: en su lectura se comprueba que recién en 2008 los salarios le ganan a la inflación.


Estamos viendo que la devaluación, con quita de retenciones, baja del gasto público real y tarifazo, genera un shock de precios que de ningún modo será alcanzado por los ingresos en el corto plazo. Sobre todo porque la primera parte del año mostraba precios nuevos con salarios viejos. Asimismo, en abril la situación empeora notablemente, por los efectos del tarifazo en los precios. Recién en mayo se empiezan a recuperar los ingresos, pero por la experiencia histórica es difícil que los salarios le ganen a los precios este año. Los cálculos de pérdida van desde un 5% de poder adquisitivo hasta un 15% en los casos más extremos.


Gráfico 3: empleo registrado industrial (SIPA)





Fuente: elaboración propia en base a SIPA-AFIP, último dato cuarto trimestre de 2015.


En el gráfico 3, se muestran dos cosas: a) la importancia del crecimiento del empleo industrial para que el poder adquisitivo real del salario le gane a los precios, en el contexto de una economía estable (y sustentable, cuestión vinculada también a los precios internacionales y a la disponibilidad de divisas para atender las necesidades de la economía); b) estos datos son del actual gobierno, en ellos se ve que el trabajo registrado industrial no cayó desde 2011, lo cual en un contexto complicado debe ser tomado como un logro. Profundiza esta idea de logro, el hecho de que las medidas tomadas por el actual gobierno están expulsando paulatinamente mano de obra.


Gráfico 4: empleo registrado total (SIPA)





Fuente: elaboración propia en base a SIPA-AFIP, último dato primer trimestre de 2016.


El empleo registrado total muestra crecimiento entre el cuarto trimestre de 2011 y el cuarto de 2015 (gráfico 4). Sin embargo, en la comparación entre el primer trimestre de 2016 y el primero de 2015 hay una caída de 0,4% en el nivel de empleo total registrado. Es una muestra incipiente de lo que puede ser una tendencia. Tendencia que en función de los fundamentos macroeconómicos propuestos por la Alianza Cambiemos, vinculados a la valorización financiera, el endeudamiento, la fuga de capitales y la renta extraordinaria para la exportación de actividades extractivas del suelo, entre otras, resulta muy probable que se confirme en el mediano plazo.


En efecto, el Centro Cepa ha relevado alrededor de 175.000 despidos hasta junio de 2016 (alrededor de un punto de la PEA). De este modo, por ahora se constata que el cambio no es a favor del empleo sino a favor de una libertad de mercado que para la Argentina significa concentración del ingreso y reconversión productiva a favor de sectores concentrados y contra las mejoras en el mercado de trabajo.





Mercado de trabajo argentino reciente: un par de comentarios para una comprensión del cambio





Fernando Sánchez Cuadros



Los precios del petróleo han pasado de alrededor US$ 20.00 a US$ 145.00 y nuevamente se encamina a los US$ 20.00 en el lapso de 30 años. Si nos atuviéramos a las explicaciones al uso en la teoría económica dominante debería haber una correlación entre el desempeño del mercado y los precios del oro negro, de manera que en estos 30 últimos años deberíamos haber observado una aguda movilidad en las llamadas “fuerzas del mercado”, es decir, aumentos o contracciones de la oferta y la demanda lo suficientemente profundos para justificar las variaciones de los precios. Lo paradójico es que este periodo se ha caracterizado por una ausencia efectiva de sustitutos del petróleo como energético preferido por el aparato productivo y un agotamiento comprobado de las reservas de petróleo convencional, es decir aquel que está disponible en bolsones de roca porosa susceptible de extraerse con los métodos tradicionales de menor costo. Todavía a mediados de 2014, poco antes de que iniciara el desplome de los precios se anunciaban incrementos del que podían alcanzar los US$ 200.00 por barril. ¿Puede esto explicarse en los términos de la llamada “sabiduría convencional” de la “ciencia” económica? Veamos.





Fuente: El Blog Salmón

El “agotamiento” de las reservas y un crecimiento sostenido de la demanda de petróleo que acompañó el crecimiento de las economías occidentales, primero, y de las llamadas “emergentes”, posteriormente, explicaría el aumento de los precios, al punto de que la era del petróleo barato podría estar llegando a su fin. Cabe recordar en este punto que sin la disponibilidad creciente y de muy bajo costo (US$ 2.00 por barril) de petróleo por un periodo prolongado (1880 a 1971) es altamente probable que el “cuarto siglo de oro” del capitalismo (1945–1970) pudo haber sido menos impresionante y que la recuperación de la posguerra y la expansión de la economía estadounidense hubiera tenido un impulso menor y, en consecuencia, el “american way of life” hubiese sido menos seductor, habiendo aportado una cuota menor a la hegemonía estadounidense, que hubiera forzado a mostrar más músculo que ingenio en plena “pax americana”, como ocurre flagrantemente al menos en lo que va de este siglo.


Este ciclo comienza, sin embargo, a agrietarse cuando la OPEP decide hacer valer su condición de poseedor de las mayores reservas de petróleo en el mundo (históricamente entre 65-82 % de las reservas probadas mundiales) y fija los precios acordando cuotas de producción entre sus miembros llevándolos de US$ 2.00 por barril a más de US$ 20.00 en la década de los años 1970, con lo que contribuyó al estallido de la “crisis del petróleo” en la que se combinaron alzas en los precios con menores suministros, especialmente para Estados Unidos, en un contexto en el que su productividad y competitividad industrial venía declinando en tanto se hacían más ostensibles las presiones inflacionarias derivadas del exceso de liquidez que produjo la expansión del dólar, al menos desde mediados de la década de 1960.


Para encarar el reto que suponía esta alteración de las correlaciones de fuerzas, las potencias occidentales aprovecharon el incremento de los precios para aumentar su producción, echando mano de innovaciones tecnológicas que permitieron acceder a nuevas reservas petroleras; en tanto, Estados Unidos pactaba con Arabia Saudita protección militar garantizada a cambio de fijar los precios del petróleo en dólares para consolidar la hegemonía del dólar. De esta forma, Estados Unidos opta por sacrificar la supremacía productiva en el altar de la dominación financiera dando inicio a la financiarización de su economía. La potencia hegemónica opta por la centralidad del sector financiero dejando que otras regiones del mundo se hicieran cargo de la producción industrial-manufacturera dando inicio desde fines de la década de los años 1970 a la llamada desindustrialización, contrapartida de la relocalización industrial, lo que le permitió centrar sus recursos en un desarrollo tecnológico dirigido por el Complejo Militar Industrial. El auge financiero, en consecuencia, se verá reforzado con un notable incremento de los flujos de inversión directa a escala mundial que resultarán inconsistente con las regulaciones de Bretton Woods. Anticipando o buscando este desenlace en 1971 Richard Nixon y Henry Kissinger repudian estos acuerdos abandonando el patrón oro-dólar y los tipos de cambio fijos, dando comienzo, así, a un proceso de desregulación del sistema financiero que se acelerará en las dos décadas siguientes.


A principios de la década de 1980 los precios del petróleo sufren un fuerte desplome pasando de US$ 40.00 a US$ 20.00 por barril en tanto la tasa de interés de los fondos federales comienza a subir; el argumento era combatir la inflación y el desequilibrio externo de la economía estadounidense; la consecuencia fue el estallido de la crisis de la deuda que tras un profundo ajuste recesivo que debilitó sus aparatos industriales y tras un breve alivio de sus desequilibrios externos condujo a una profundización de sus niveles de endeudamiento sin resolver los problemas de inflación y déficit fiscal que supuestamente eran sus objetivos e impuso a las economías en desarrollo la adopción de “reformas estructurales”. Las privatizaciones, desregulaciones y liberalización del comercio y de los sistemas financieros abrieron el terreno para la movilidad de capitales y la realización de rentas en los mercados financieros. Los préstamos bancarios son desplazados por las colocaciones de bonos y títulos como forma predominante de financiamiento, especialmente para los gobiernos agobiados por la “crisis de la deuda”, contribuyendo a un profundo cambio estructural en el financiamiento internacional: la titularización. Estados Unidos y Japón establecen una dinámica por la cual los asiáticos compran Bonos del Tesoro, es decir, financian los déficits de Estados Unidos que por otra parte contribuyen a expandir con sus exportaciones y adquisición de títulos de deuda. Cuando la economía japonesa colapsa, China la sustituye en este juego destinado a mantener la vigencia del dólar por la vía del comercio y de las finanzas; entre tanto, el gigante asiático consolida una expansión apuntalada en el comercio mundial alcanzando tasas de crecimiento promedio de 10% por más de una década y media hasta el estallido de la crisis en Estados Unidos (1992 – 2008).


El bajo precios del petróleo en los años 1980 fue funcional para encarar el pobre crecimiento de las economías occidentales y el acelerado cambio tecnológico que condujo a la llamada “nueva economía” centrada en las tecnologías de la información (TIC). Con este impulso, en la década siguiente se vivió lo que Joseph Stiglitz llamó la “semilla de la destrucción de los felices ‘90” una década de “prosperidad” sustentada en la concentración del ingreso y el auge del rentismo que catapultaron el predominio financiero y cobijaron los “excesos” que condujeron a la crisis actual. El estallido de las “puntocom” venía antecedido por la crisis financieras mexicana, asiática, rusa, brasilera, turca y argentina y fue seguido de escándalos financieros (Enron, Worldcom, Merk, Parmalat, etc.) dejando al denudo una descomposición del sistema financiero internacional. Tras la recuperación de estas crisis se inicia un nuevo ciclo de auge de los precios de los hidrocarburos que fue funcional a las inversiones en la explotación de reservas de petróleo y gas no convencionales, es decir, disponibles en formaciones submarinas de gran profundidad y subterráneas de roca sólida, gracias a las nuevas tecnologías de perforación horizontal y fracturación hidráulica (fracking) especialmente en Estados Unidos que, por esta vía, buscaba consolidar su autonomía energética y convertirse en potencia exportadora de petróleo y gas alterando el orden mundial de manera decisiva. Para comprender la dimensión de este cambio basta con considerar la posibilidad de que China sustituyera sus compras de bonos del Tesoro por importaciones de hidrocarburos, lo que hubiera contribuido decisivamente a resolver el problema estructural del desequilibrio de balanza de pagos y, consecuentemente, al desendeudamiento de la economía de Estados Unidos; además de frustrar el acercamiento de China a Rusia. No faltó quien imaginara una reindustrialización de la economía estadounidense impulsada por la disponibilidad de energéticos abundantes producidos localmente. Sin embargo, en los últimos diez años la producción convencional de petróleo se ha estancado, no se expande pese a la presencia de períodos de precios altos (2005: 72,57 MBD; 2006: 73,16 MBD; 2010: 73,58 MBD; 2012: 73,71 MBD; 2014: 73,09 MBD) , mientras que la producción de esquistos enfrenta el problema estructural de una rápida obsolescencia de las reservas que exige extraerlas rápidamente derivando el problema al almacenamiento, al tiempo que depende de precios muy elevados de los hidrocarburos o de mejoras tecnológicas que abaraten sus costos de producción, lo cual requiere de continuas nuevas inversiones.


Así, las ilusiones creadas en torno a una “segunda era del petróleo” hegemonizada por Estados Unidos pronto se desvanecieron cuando se hizo evidente que la dinámica de los precios del petróleo había sido manipulada por los mayores bancos de inversión que, a su vez, forman parte de núcleo de la financiarización. Los grandes bancos estuvieron almacenando enormes cantidades físicas de petróleo al mismo tiempo que especulaban con los aumentos o caídas de los precios reproduciendo el mismo esquema perverso que condujo al estallido de la burbuja inmobiliaria de 2007. De esta forma, el capital financiero arrebató a los productores de hidrocarburos la capacidad de incidir en los precios y los orilló a la actual guerra de precios, destinada a preservar cuotas de mercado, que está desangrando sus economías. Ahora podemos constatar lo que había sido una sospecha desechada como “teoría de la conspiración”: que los gigantescos recursos transferidos al capital financiero en las operaciones de “rescate” al calor de la crisis financiera han financiado estas operaciones especulativas con claros objetivos geopolíticos, así como la extensión de las inversiones en la industria de los hidrocarburos dentro y fuera de Estados Unidos, en el contexto de las guerras por los recursos que Estados Unidos protagoniza, especialmente en Medio Oriente, Asia Central y África. Las invasiones de Afganistán, Irak y Libia; las guerras en Yemen, Nigeria y Sudán; los amagos contra Irán, la guerra contra Siria e incluso los arteros ataques contra el gobierno Bolivariano de Venezuela, la revolución ciudadana del Ecuador y el Estado Plurinacional de Bolivia forman parte de una estrategia de control de las reservas de energéticos encaminada a preservar la capacidad para gestionar el ciclo económico internacional a través de la manipulación de los precios de los hidrocarburos; además de permitir administrar a su favor la transición que anuncia la crisis del paradigma energético basado en los combustibles fósiles.


Pam y Russ Martens lo ponen en estos términos: “Desde junio de 2008 hasta la profundidad de la crisis financiera de Wall Street a principios de 2009, la producción nacional de petróleo crudo perdió el 70% de su valor, pasando de más de US$ 140 a US$ 40 el precio del barril. Entonces sucedió algo extraño. En 2011 a pesar de un débil crecimiento de la economía mundial, el petróleo volvió a cotizarse por encima de US$ 100 el barril y se negociaba entre los US$ 80 y un poco más de US$ 100 hasta junio de 2014. Desde entonces, se ha desplomado un 72% - un choque más profundo que cuando Wall Street se derrumba.”


Alfredo Jalife cita la intervención del senador Sherrod Brown, presidente del Subcomité Bancario de Instituciones Financieras y Protección al Consumidor, en julio de 2013, que puso en evidencia que debido a la ausencia de regulación de los megabancos “estas instituciones son tan complejas, tan densas, tan opacas que son imposibles de entender” y que “los seis principales megabancos de EU tienen 14 mil 420 subsidiarias, de las cuales 19 son bancos tradicionales. Peor: sus actividades sobre las materias primas físicas no son reportadas en forma entendible (sic) y se pierden en las profundidades (sic) de sus múltiples subsidiarias.” Según los hallazgos del subcomité “Morgan Stanley compró masivas tenencias físicas de petróleo, incluyendo la compra de TransMontaigne, que manejó casi 50 sitios de petróleo en EU y Canadá. También tenía una participación mayoritaria en Heidmar, que manejó una flota de 100 embarcaciones para entregar el petróleo en el mundo, además de ser propietaria de Olco Petroleum, que mezclaba los petróleos, apadrinaba instalaciones de almacenamiento y dirigía casi 200 gasolineras en Canadá” […] En 2012 “tenía arrendamientos operativos en más de 100 depósitos petroleros con 58 millones de barriles de capacidad de almacenamiento global cuando el mundo entero produce 96.5 millones de barriles al día (hasta enero de 2016) y la legendaria reserva estratégica de petróleo de EU es de 695 millones”, capacidad de almacenamiento que le permite manipular los precios a discreción, especialmente si se considera su capacidad de apalancamiento en los mercados de derivados,


De esta forma, quedan sujetos a un legítimo escrutinio los verdaderos objetivos de la política monetaria de la Reserva Federal, en particular el Quantitative Easing (flexibilización cuantitativa) a través del cual se inyectaron billones de dólares en forma de compra de bonos del Tesoro y títulos hipotecarios considerados incobrables para aliviar los balances de los bancos poseedores de estos títulos, muchos de los cuales ni siquiera eran producto de préstamo alguno otorgado por la institución financiera portadora de los títulos, sino resultado de transacciones especulativas en los mercados de derivados. Tuvo también el propósito de mantener la cotización de los bonos del Tesoro en un contexto en el que los principales acreedores se deshacían de sus tenencias, y no solo se trató de China y Japón, los mayores acreedores de Estados Unidos, sino incluso de algunos magnates de la especulación, como Warren Buffet. Situación que, como es fácil comprender, ponía en riesgo la hegemonía del dólar y la capacidad de Estados Unidos para incidir en los mercados globales a través de su política monetaria.


Se constata, entonces, la dinámica que se genera entre las guerras por los recursos, el fracaso de la revolución del fracking y una creciente pérdida de credibilidad de la Reserva Federal, que la obligó a efectuar un aumento de las tasas de interés que venía insinuando desde mayo de 2013 cuando anunció la “normalización” de su política monetaria a pesar de que la recuperación de la economía sigue siendo una tarea pendiente y que los mercados laborales están lejos de ofrecer un fundamento creíble para una recuperación del consumo que aliente un nuevo ciclo de inversiones. Por el contrario, la inversión productiva continúa deprimida. En este marco, se ha gestado un nuevo consenso entre los intelectuales que lideran el mainstream centrado en la hipótesis del estancamiento secular según la cual la economía mundial no crece a pesar de los bajos precios del petróleo, las bajas tasas de interés, de una inyección de liquidez sin parangón en tiempos de paz y de la flexibilización de los mercados laborales y los bajos salarios, debido al envejecimiento poblacional, la caída de la productividad resultante de un menor impacto de las innovaciones tecnológicas, el deterioro de la infraestructura y la mala calidad de la educación, así como a la menguante inversión productiva y una desigualdad creciente que contribuye al estancamiento de la demanda agregada.


En 1972 Henry Kissinger y Richard Nixon visitaron al líder chino Mao Zedong, una década antes de que la crisis del petróleo y la carrera armamentista condujeran al colapso de la URSS. Sin embargo, las urgencias de un imperio declinante han enfatizado una geopolítica agresiva que ha distanciado a China de Estados Unidos acercándola a Rusia, con lo que la estrategia de Vladimir Putin de recuperar el control de los recursos naturales, fuente fundamental para la expansión y la estabilidad de la economía rusa, se ha visto coronada con un espectacular retorno al escenario internacional. Ahora China busca deshacerse de los bonos del Tesoro, privilegia el comercio con monedas distintas al dólar, ha creado el Banco Asiático de Inversión e Infraestructura, ha puesto en el centro de su estrategia diplomática al BRICS y las inversiones en infraestructura en los países en desarrollo, y el yuan forma parte de la canasta de los Derechos Espéciales de Giro (DEGs) del FMI.


Estados Unidos ha mostrado una aparente nueva disposición hacia enemigos que hasta hace muy poco amagó con invadir, llegando a un arreglo del contencioso nuclear irán y a un entendimiento con Rusia en torno a la crisis Siria donde el énfasis ya no parece estar en el cambio de régimen, si no en la contención de los yihadistas del ISIS, contribuyendo al aislamiento de su principal promotor, el turco Erdogan, y golpeando indirectamente a la dinastía saudí que se ha empecinado en mantener colapsados los precios del petróleo con el propósito de sacar del mercado a los productores de hidrocarburos no convencionales, lo que sirve además para posponer la presunta pérdida de relevancia estratégica del Oriente Medio en la geopolítica estadounidense implícita en el giro hacia el Asia. Sin embargo, el retorno del petróleo iraní, libio e iraquí a los mercados petroleros ahonda la sobre oferta que mantiene deprimidos los precios y legitima la postura de no disminuir la producción para no perder participación de mercado, en pleno proceso de reestructuración de la industria petrolera mundial. Parecería, entonces, que para EU es cada vez más claro que habría que destruir capacidad productiva para disminuir la oferta, aumentar el precio y abrir una veta de mercado a sus productores de esquistos (shale) que les permita consolidarse.


Con una geopolítica que los aísla y agotadas las estratagemas, el futuro de la hegemonía de Estados Unidos pasa cada vez más claramente, para el segmento imperial de su sociedad, por una nueva guerra mundial, el dilema es que el otrora gigante está quebrado y cada vez cuenta con menos fiadores para financiar sus desenfrenos.